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En Maremares, Caribbean Mall, con Buddha Bar y en Margarita, varios comerciantes se preparan para reabrir casinos en Venezuela


Enrique Toledo | Opinión

Los dueños de casinos en algunas zonas de Venezuela se estarían frotando las manos de alegría porque con la flexibilización de la cuarentena anunciada por Nicolás Maduro, ya se da prácticamente como una realidad, que varios de esos casinos abrirán sus puertas sin importar la pandemia ni un rebrote que pudiera elevar la tasa de mortalidad.

A muchos de esos comerciantes parece solo importarle hacer dinero y colmar de dádivas y sobornos a funcionarios corruptos de todos los niveles, tanto municipales, como regionales y nacionales, quienes también se lucran con la apertura de salas de casinos ilegales.

Ejemplo de todo lo anterior es un casino que estaría por ser abierto en el hotel Maremares de la ciudad de Puerto La Cruz, al nororiente de Venezuela, que usufructúa marcas comerciales que no le corresponden; o también el de otro casino en el centro comercial Caribbean Mall, en la misma ciudad. Y ni hablar de las salas de casino y bingo en la isla de Margarita, que volverían nuevamente a operar.

El proyecto del casino en el hotel Maremares de Puerto La Cruz al parecer lo llevaba adelante un comerciante octogenario con sus tres hijos, propietarios del restaurante Buddha Bar en la ciudad de Caracas, que sin tomar en cuenta los derechos de propiedad de la marca internacional Buddha Bar, la han utilizado en varios negocios. Tanto el comerciante como su hijo mayor fallecieron en 2020 por Covid-19. Sin embargo, los demás hermanos cuentan todavía con la buena pro para la apertura del casino, que muy seguramente los demás hijos, con el dolor de su pérdida, vuelvan a retomar, ahora más que el Gobierno de Maduro pudiera formalizar en diciembre próximo el otorgamiento de las licencias de funcionamiento de los casinos en toda Venezuela.

En el casino del centro comercial Caribbean Mall de Puerto La Cruz la situación es un poco diferente, toda vez que sus dueños habían cerrado operaciones dejando muchas deudas y después de haberse mantenido en pie, pagando sobornos a diestra y siniestra tanto a funcionarios de la Comisión Nacional de Casinos, CNC, como a otros de distintos niveles. Cuentan que el gerente del casino, Robinson Cordero, desnaturalizó el negocio con sus acciones, con su tren de vida, teniendo una esposa y amantes, que degeneraron en un desorden sentimental y económico que llevó al lugar a la quiebra y al caos y a deberle a mucha gente que hoy buscarían a Cordero para cobrar sus deudas.

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