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Julio Macott: Aniquilación | Colombia


Por Julio Macott 
| Opinión
lanuevaprensa.com.co

Todavía no existe la respuesta a la pregunta “cómo detener el desangre de Colombia”. No ha sido posible corregir la cultura, descifrar el código, romper el patrón, revertir el karma de la violencia, quitarse el tic. Ha habido 19 personas asesinadas —es lo que se sabe hasta ahora— en el marco de las protestas, en este mapa minado, el de El canto de las moscas, de María Mercedes Carranza. Desde el 28 de abril hasta el 1 de mayo; en Bogotá, Michel David Reyes Pérez, Juan Diego Perdomo Monroy (Neiva), Marcelo Agredo Inchima (Cali), Cristian Alexis Moncayo Machado (Cali), Stiven Sevillano Perea (Cali), Charlie Parra Banguera (Cali), Miguel Ángel Pinto Mona (Cali), Dadimir Daza Correa (Yumbo), Daniel Felipe Azcárate Falla (Cali), Edwin Villa Escobar (Cali), Einer Alexander Lasso Ocampo (Cali), José Augusto Ortiz Cortes (Cali), Kevin Yair González Ramos (Cali), Brayan Niño (Madrid, Cundinamarca), Santiago Andrés Murillo (Ibagué), Nicolás Guerrero (Cali), Jefferson Alexis Marín Morales, y dice uno “ha habido” porque no parece posible decir “hubo” y en el fondo está diciendo “habrá”.

Tendrían que ser los policías —y quienes les dan las órdenes— los muertos de miedo. Tendrían que ser los colombianos que matan a los colombianos por mostrarse incómodos ante un gobierno dictatorial –por nacer y estar y quedarse aquí: por eso– los que recibieran panfletos por la vida, ¡zas!, por debajo de las puertas que no sirven de nada. Tendrían que escucharse ruidos ensordecedores en el cielo como un recordatorio de la impunidad. Y levantarse las almas de los desaparecidos, los torturados, los asesinados; que las calles ensangrentadas nos den noticias del infierno: ¿cómo es la duermevela de un masacrador? ¿Qué tan escabrosa es la vejez de un verdugo? ¿A dónde va a dar un victimario cuando muere?

Podríamos inventarnos nuevas plegarias contra esto: “Te pido, Dios de cada quien, que nadie nos arranque el derecho a morir de viejos…”.

Pero en nuestras manos solo están, por lo pronto, los cantos por Colombia que siguen, las sumas de corajes, los gritos por la paz, los muros de prójimos contra la violencia, las críticas a un Estado disfuncional en el que se le ha llamado “oposición” a la solidaridad, las ficciones que hacen comprensible el horror e impensable el fundamentalismo que nos ha traído hasta acá: la democracia –la defensa de cada vida– ha sido el activismo de las siete, las ocho, las nueve artes.

La oración entre el signo de apertura y el signo de cierre ha sido un país exorcizándose los demonios que ha llevado por dentro, un recrudecimiento de las estigmatizaciones a los críticos –“juventudes Farc”, “mamertos”, “neochavistas”, les han repetido los dueños de este naufragio en sangre– por no quedarse mudos ante esta crueldad que década por década ha estado cambiando para seguir igual, y un Gobierno tosco y perfilador de opositores, abucheado por unos y reclamado por otros desde las aceras, que insiste en que en Colombia no hay masacres sino “homicidios colectivos”: en Samaniego, en las ruinas de la matanza, un presidente de tapabocas prometió a semejante pueblo de deudos dejar “un centro Sacúdete que haremos con la gente del ICBF”, sí.

¿Cómo detener nuestro desangre? Serviría un gobierno que se resista a leer por encima la honra ajena, no busque acepciones a la palabra paz, no pida lealtad con figuras de paso, sino con instituciones, y sea capaz de pararlo todo hasta que deje de asumirse que es legítimo matar al que no se quite ni se calle ni se rinda. Pero nada servirá de nada si no es claro que la pregunta por el fin de la masacre diaria, sobrediagnosticada, a cuentagotas, de aquella Colombia asediada que sigue estorbándole a aquella Colombia sin escrúpulos, es la pregunta de todas y todos para todas y todos.

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