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Alberto Méndez: Cuba siempre ha sido un asunto entre cubanos


Por Alberto Méndez Castelló | Opinión

Cubanet

Cuando Leonardo Padura dice, con motivo de las protestas del 11 de julio último, que “los problemas de Cuba deben resolverse entre los cubanos” no está haciendo otra cosa que reproducir, consciente o de manera ingenua, una de las pautas más dañinas en el discurso del régimen, esa de esencia discriminatoria que pretende reservar el derecho de ser cubanos solo para quienes “bailan”, mal o bien, al ritmo que marca el Partido Comunista.

En su defensa alguien pudiera alegar que, al decir “entre cubanos”, el escritor no ha establecido marcas entre los de “afuera” y los de “adentro”, y es cierto, pero sucede que su opinión —replicada en titulares por numerosos medios de prensa, incluidos los del oficialismo— no solo desvía la atención sobre las verdaderas causas, propósitos y consecuencias de las protestas en la Isla (así como del disentimiento en general) sino que refuerza y legitima la idea manipuladora de que cualquier estallido social en Cuba, incluso el más mínimo reclamo o emplazamiento frontal al régimen, tienen un origen “externo” o, peor aún, que es apenas el efecto de una “guerra no convencional” planificada por el Gobierno de los Estados Unidos.

Lo de la “guerra no convencional” se ha convertido con total mala intención en la “paranoia oficial” del momento. Desesperados, los mandamases cubanos y sus medios de propaganda martillarán sobre ese falso argumento todo cuanto tengan que hacerlo hasta lograr que el concepto sea “creíble” o al menos “funcional”, como si se tratara de un “antibiótico” de amplio espectro.

Que la “pócima milagrosa” penetre allí donde han perdido la credibilidad y el apoyo que recibieran antes, es decir, en esos grupos de izquierda que han pasado a convertirse de cómplices “incondicionales” (lo fueron hasta hace un par de años atrás) a ser el más temible núcleo opositor, en tanto los ha puesto en el peligro de estallar desde adentro, sin que puedan adivinar a tiempo en cuáles de las tantas grietas del sistema está regada la “infección”.

El régimen jura y perjura que el detonante de las revueltas populares es ajeno a él, precisamente porque está más que convencido de que esa “nueva oposición”, más difícil de criminalizar, la abortaron ellos mismos después de gestarla y amamantarla en silencio como al hijo indeseado, durante más de medio siglo.

Son las astillas de un mismo palo que, no importa si habiendo saltado fuera del aserradero como exiliados o habiendo permanecido aquí, peligrosamente cerca del sinfín, hoy se revelan (y rebelan) hartos de utopías, de sacrificios en vano, de traiciones, de burocracias y corrupciones, de militares que han mutado en empresarios despiadados, así como de generaciones pasadas que se hunden y mueren en la decepción.

Los “disturbios” de este verano, así como los de años anteriores siempre han sido un asunto exclusivamente entre cubanos. También cada uno de los acontecimientos de alta tensión que han querido atribuir a “extranjeros” para ofrecer una idea de “estabilidad política” y de consenso que no es real. Que jamás lo ha sido.

Desde enero de 1959 hasta el minuto en que redacto esta nota, desde los sucesos de la embajada de Perú hasta el Maleconazo, desde los alzamientos en el Escambray hasta el incidente de las avionetas derribadas por el “delito” de lanzar octavillas, absolutamente todos y cada uno de los sucesos que han elevado al máximo los picos de la represión y la violencia en Cuba son y siguen siendo asuntos entre cubanos, no importa en el lugar del universo donde vivan quienes protesten o cómo decidan acompañar las protestas; cada cual a su modo ejerce su derecho a la libre expresión y participación como ciudadano, más allá de que un poder haya decidido no reconocerlo como tal.

Incluso es un acto cínico cuando se intenta esgrimir como pruebas de “injerencia externa” el uso de fondos y ayudas extranjeras por parte de los grupos opositores. Y también lo es que se les quieran restar valor y credibilidad a mediaciones de organismos internacionales e instituciones foráneas por el hecho de serlo, a sabiendas de que dentro de Cuba ni a las organizaciones opositoras ni a los ciudadanos de manera individual se les garantizan los más elementales derechos a la libertad de disentimiento y expresión. Ni siquiera tienen la posibilidad de acceder o poner en práctica mecanismos de autofinanciación o de organizarse y legalizarse como grupos de la sociedad civil.

Sin hablar de la hipocresía que se esconde detrás de los reclamos insistentes de zanjar los asuntos “entre cubanos” cuando se trata de un régimen que acude sistemáticamente a la ayuda externa, al apoyo financiero y logístico de Rusia, China y Venezuela para pertrechar con armamento y tecnología de punta su cuerpo represivo tanto en la calle como en el ciberespacio, tanto aquí como allende los mares.

Quien se opone a la dictadura está condenado al desamparo total, a la indefensión, a la criminalización, a caer de cabeza en un descomunal bucle de abusos que solo gracias a la intervención y apoyo de esos pocos gobiernos e instituciones extranjeros verdaderamente comprometidos con la democracia es posible frenar o menguar algunas veces, pero solo algunas, no siempre.

De modo que bendita sea la “injerencia” porque de no existir las alianzas y compromisos externos entonces no solo se activarían en plenitud el arsenal de “mecanismos legales” de aplastamiento del contrario (amparados por el abominable Artículo 4 de la Constitución), sino que retornaríamos a aquellos tiempos en que la “cacería de brujas” se hacía con total impunidad porque en ese enfrentamiento desigual, entre “cubano militar en el poder” y “cubano desarmado y hambriento”, siempre mediaron el fusil AKM de un soldado soviético y los planes quinquenales del CAME. Lo saben muy bien esos mequetrefes de la “cultura nacional” que aún celebran y llaman “palabras” a lo que en realidad fueron amenazas a los intelectuales.

Solo una persona sistemáticamente maltratada reacciona con tanta “comprensión” frente al abusador. Solo un cobarde y un desmemoriado eximen de culpas al verdadero culpable de las divisiones y odios entre cubanos por causa de una ideología totalmente ajena a nuestra idiosincrasia.

Lo que fue revelado al mundo este 11 de julio en las calles de Cuba solo pasó entre cubanos y, precisamente eso, terminó de despojar a la dictadura de su tradicional pretexto para reprimir las manifestaciones opositoras. No fue ni la intervención extranjera que durante años ha “justificado” gastos y pactos militares excesivos (más los privilegios de casta), ni mucho menos una acción de “mercenarios”, sino algo que los tomó por sorpresa, una bomba muy propia que por vieja les explotó en el bolsillo.

En menos de un mes el régimen comunista ha visto implosionar dos de los mitos que más gusta de usar en sus cantos de cuna para dormir al mundo: la estabilidad política y la salud pública. Tanto las calles turbulentas como los hospitales colapsados han mostrado que el Rey de las Izquierdas en realidad no viste un traje de hilos mágicos sino que se arrastra desnudo y que su cuerpo es decrépito como el de todo animal que muere.

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