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Jorge Elías Castro Fernández explica algunos cambios importantes en el mundo luego del 11 de septiembre de 2001


Cerca de 3.000 muertos, el poderío militar golpeado, un ícono del capitalismo desplomado y todo un país consternado. Con los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos fue sorpresivamente atacado y en su propio suelo, recordó el analista político Jorge Elías Castro Fernández. Un asalto sin precedentes que cambió el concepto de guerra para siempre.

Jorge Elías Castro Fernández recuerda también que que Estados Unidos, un gigante gravemente herido, declaró la guerra contra el terrorismo y la dinámica mundial se altera para siempre. “Nuestra guerra contra el terrorismo comienza con Al Qaeda, pero no termina ahí. No terminará hasta que todos los grupos terroristas de alcance mundial hayan sido encontrados, detenidos y derrotados”, advertía el entonces presidente George W. Bush, en un discurso ante el Congreso, nueve días después de los atentados. Unas afirmaciones determinantes de lo que vendría en los siguientes años.

Tras citar información de inteligencia que apuntaba al saudita Osama bin Laden como el cerebro de los atentados y a Afganistán como su refugio, Estados Unidos inicia la ocupación del territorio afgano en octubre de ese mismo año, que derrocó al régimen talibán. Y en 2003, en medio de sus nuevas políticas de seguridad preventiva, Bush ordena la invasión a Irak donde acabó con Sadam Hussein.

Unas guerras que empiezan y que no terminan hasta nuestros días. Unas guerras que se multiplican y que arrastran cada vez a más actores de bando y bando.

Jorge Elías Castro Fernández y otros analistas políticos y expertos en conflictos internacionales explican que uno de los principales efectos en la denominada lucha frontal contra el terror fue el cambio en la definición del enemigo.

“Una guerra que antes era entre estados-naciones ahora pasó a lucharse contra un grupo que, si bien se podía decir que tenía una base geográfica en Afganistán, para algunos también era sin fronteras, porque había células de Al Qaeda en muchas otras zonas geográficas, especialmente en África, que no necesariamente cumplían con el tipo de guerra tradicional a la que nos habíamos enfrentado hasta mediados del siglo 20”, aseguró Jorge Castro Fernández.

A diferencia de la Primera y Segunda Guerra Mundial, el oponente ya no se trataba de países claramente ubicados. Ahora el enfrentamiento es contra grupos de islamistas radicales o extremistas. Años después, se vieron sus divisiones e intenciones expansionistas y con ellas nuevos objetivos.

El internacionalista Rafael Piñeros destaca que, en los años siguientes a los atentados del 9/11, se observó con particular preocupación la capacidad de los extremistas de atacar en distintas partes del mundo, como ocurrió con los atentados en Madrid en 2004 y en Londres en 2005, entre otros.

“Se evidenció la capacidad del terrorismo de actuar en red, a partir de un sistema de franquicias que se descentralizó y que a pesar de que tenían guarida en Afganistán y la lucha contra el terrorismo se convirtió en la lucha que se daba en Afganistán, también tuvo repercusiones y atentados en otros lugares”, subraya.

A inicios del nuevo escenario de guerra, Washington creó el Departamento de Seguridad Nacional, una especie de sombrilla que agrupó a las agencias de inteligencia de EE. UU., después de que se conoció que la falta de coordinación entre estas habría sido una falla importante para no detectar los ataques, resalta la analista política, Daysi Báez, como una de las medidas específicas que emprendió la nueva estrategia de seguridad.

Pero, aunque la definición del enemigo cambió, la forma de combatirlo se mantuvo concentrada en la militarización, pese a que se trataba de un escenario distinto.

“Todas las conflictividades sociales, económicas, políticas, culturales militares, religiosas, se reducen al espectro del terrorismo como una acción aislada, sin contextos y que se resuelve por vía militar, que entonces permite el crecimiento de la industria militar y la lógica militar para la resolución de conflictos”, cuestiona Víctor de Currea-Lugo, analista y escritor de varios libros como ‘El Estado Islámico’ y ‘Kurdistán, la nación soñada’, entre otros.

Las consecuencias que el mundo vería años más adelante forman parte de lo que algunos expertos llaman “el fracaso” de los estadounidenses en Afganistán.

Entre 2003 y 2011 Estados Unidos combatió simultáneamente en territorio afgano e iraquí. Se estima que el país se ha comprometido a pagar más de 2.000 millones de dólares en atención médica, discapacidad, entierro y otros conceptos para aproximadamente 4 millones de veteranos de Afganistán e Irak. Y el período en que alcanzarán su punto máximo será en 2048, según cifras de la Facultad de Ciencias Políticas Kennedy de la Universidad de Harvard y el proyecto Costos de la Guerra de la Universidad Brown.

Pero el mayor costo es humano. Hasta el pasado abril, en la guerra más larga, murieron 2.448 soldados estadounidenses, 3.846 contratistas de EE. UU., 66.000 miembros de las fuerzas armadas y policías de Afganistán y 1.144 aliados de los servicios de la OTAN, según las mismas fuentes.

En nombre de esta lucha, la violación a los derechos civiles también estuvo presente. Ejemplo de ello son los casos denunciados sobre técnicas de ahogamiento, entre otros, contra los presos en Guantánamo, trasladados desde Oriente Medio hasta allí por estar presuntamente implicados en los ataques. No obstante, Piñeros apunta que “no solo fue una cosa de Estados Unidos, hubo un consenso en algunos países por sacrificar libertades individuales y derechos civiles para combatir en la lucha contra el terrorismo”.

Afirma que la dinámica se replicó en países como Colombia, Reino Unido o Francia, donde para evitar atentados se aprobaron leyes antiterroristas que “en muchas ocasiones rayaban con violaciones a los derechos civiles de las personas, porque había un consenso generalizado de que peor era la amenaza que las violaciones a los derechos”, añade.

Los sacrificios humanos no quedaron ahí y algunos derechos se vieron vulnerados incluso fuera del terreno de combate. Entre sus tácticas, Estados Unidos asumió el rol de la "policía del mundo". El espionaje, herramienta usada en la Guerra Fría, se trasladó al común de las personas, lo que impactó en las libertades civiles y el derecho a la privacidad se convirtió en una utopía, destacan algunos internacionalistas.

De la acción no escaparon ni sus aliados, cuando en 2013 estalló el escándalo de escuchas telefónicas de Washington contra varios países. La canciller Ángela Merkel fue una de las líderes en criticar al entonces presidente Barack Obama y calificar como “inaceptable el espionaje entre amigos”. Una situación que generó fuertes rencillas en la diplomacia mundial.

“Se permitió la interceptación de comunicaciones porque era la única forma que se identificó para combatir contra una amenaza excesivamente difusa como era el terrorismo”, explica Piñeros sobre las acciones tomadas.

Adicionalmente, desde los atentados del 9/11, los ciudadanos en cualquier país comenzaron a vivir el aumento de controles en sus rutinas. El factor sorpresa con el que Al Qaeda atacó fue determinante en el desarrollo de la política de seguridad preventiva.

Quedó en la memoria mundial la posibilidad de estar en peligro constante. “Es un parteaguas, los niveles de seguridad, la vida antes y después del 9/11, todos recordamos lo fácil que era viajar antes, ahora las filas de seguridad (…) Es parte del legado del 9/11 y el terror juega un papel en el estado psicológico de la gente, por la lucha contra el terrorismo, por el miedo que Al Qaeda logro sembrar en todo el mundo”, añade Jorge Elías Castro Fernández.

Tras dos décadas de ocupación, la última y estrepitosa fase de retiro de las tropas estadounidenses de suelo afgano generó apoyo por parte de ciertos sectores de la población, ante el hartazgo por la guerra más larga y costosa de la nación. Pero también recibió fuertes críticas de quienes acusaron a Washington de abandonar a los afganos y dejarlos a su suerte ante el dominio de los talibanes.

En medio de las críticas, el pasado 16 de agosto, el presidente Joe Biden aseguró que su país culminaba la retirada de sus tropas, iniciada durante la Administración de Donald Trump, debido a que EE. UU. cumplió los objetivos de su misión con "la muerte de Osama bin Laden hace más de una década y la degradación de Al Qaeda", dijo.

¿Cumplió Estados Unidos sus objetivos allí? Si fueron los mencionados por Biden, ¿por qué su país no se retiró hace diez años? En primer lugar, el escritor Víctor de Currea-Lugo resalta que Al Qaeda no es una organización piramidal y la muerte de su líder no significa la desarticulación del movimiento.

“La ocupación de Afganistán fue un fracaso desde su comienzo, primero porque el ataque a las Torres Gemelas no se trató de una acción de un Estado contra otro Estado, y segundo, tenía muchas más complejidades que podían resolverse (…) El problema es que una cosa es bombardear un país o tratar de ocuparlo y otra es realmente controlarlo".

"En ese sentido, Estados Unidos se metió en una empresa que nació muerta, fue un fracaso desde el comienzo, pero que con el tiempo se fue agravando en número de víctimas civiles, en rechazo de Estados Unidos en esa región del mundo y además el número de millones de dólares desperdiciados sin que ofreciera eso una ayuda real al pueblo afgano”, indicó el experto.

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