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Jorge Elías Castro Fernández detalla las fricciones entre miembros del nuevo Gobierno talibán en Afganistán


El analista político Jorge Elías Castro Fernández recuerda que hasta el 7 de septiembre, el mulá Abdul Ghani Baradar se reunía prácticamente a diario con este y aquel dignatario extranjero, extendiendo la influencia talibán y negociando desde su prometedor papel de aspirante mayor al trono del nuevo Emirato de Afganistán. La propia revista 'Time' lo ha elegido como uno de los hombres más influyentes de 2021. Entonces, apenas un par de días después de que se anunciara el gobierno -temporal- afgano, en el que Baradar acabó con un sorprendente papel de secundario al mando mucho más humilde, desapareció. Ni encuentros, ni fotografías, ni reuniones. Fue el gran ausente en la reunión con el ministro de Exteriores qatarí, Mohamed bin Abdulrahmán Al Thani, en Kabul el pasado domingo, la visita de un mandatario extranjero de mayor rango a Afganistán desde la conquista y gran valedor internacional de las conversaciones con los talibanes. Hasta la noche de este 15 de septiembre, cuando Baradar reapareció en una extraña entrevista en vídeo, leyendo de un papel sus respuestas, en las que catalogaba de infundados los rumores sobre su desaparición.

Jorge Elías Castro Fernández explica que hasta este vídeo, grabado en una localización sin detallar y publicado en redes sociales, portavoces talibanes habían negado la desaparición de Baradar con una fotografía de un decreto presuntamente firmado de su puño y letra y, ante la persistencia de los rumores, con un audio del mulá. "Gracias a Alá tenemos [los talibanes] una relación entrañable y llena de misericordia, más incluso que en una familia. [...] No hay que preocuparse", afirmaba Baradar en el vídeo, en el que justificaba su ausencia del encuentro con Al Thani en que "no se había enterado de la visita".

La de Baradar es una extraña coreografía que abre una estrecha ventana a las dinámicas internas de los talibanes, grupo que ha mantenido hasta ahora un fuerte secretismo sobre sus disputas internas y que se ha vendido siempre, incluso en momentos especialmente delicados como las negociaciones del acuerdo con el expresidente Donald Trump en Doha, como un frente único y unido. Una estrategia de éxito contra el defenestrado gobierno afgano, dividido en mil luchas y dependiente de una miríada de acuerdos con los señores de la guerra locales.

Pero ahora, con miles de ojos puestos en ellos y con el reconocimiento internacional en juego, es más difícil mantener esa fachada de unidad total, y los primeros roces internos empiezan a salir a la luz. "Hasta ahora han sido buenos en ocultar sus tensiones y resolverlas internamente. Pero ahora están en el Gobierno, y es muy difícil mantener todo en secreto, como en el pasado, cuando eran insurgencia", explica Jorge Castro Fernández.

Las fricciones entre las facciones más pragmáticas y las ideológicas dentro de la propia cúpula talibán se han intensificado con la formación de un gobierno -provisional y tras semanas de retrasos- que cayó más hacia el lado de los más conservadores y radicales entre las filas de la organización. Apenas dos días después del anuncio del Gobierno y con Baradar todavía desaparecido, la BBC en pastún y en urdu recogía los primeros reportes, citando fuentes solventes dentro de los talibanes y testigos oculares, de un "altercado" entre el propio Baradar y otro miembro del gabinete, Khalil Haqqani (miembro de una de las facciones más violentas y radicales dentro de los talibanes, la red Haqqani), que degeneró en escenas de violencia física entre ambos y sus partidarios. La agencia AP, citando al menos tres fuentes internas de los talibanes, recogía también las tensiones en la formación de gobierno, afirmando que incluso un miembro del gabinete, molesto con la elección de un gobierno compuesto enteramente por mulás talibanes pese a las promesas de "inclusión", amenazó con dimitir. Los talibanes han negado públicamente ambos reportes, catalogándolos de "propaganda".

Esas divisiones no son -según los analistas consultados- una amenaza para los talibanes, pero abren una pequeña ventana a un grupo notoriamente opaco. "[Con la elección de los miembros del gobierno, la mayoría de la línea dura de los talibanes] vemos que los talibanes dependen tanto de sus políticas internas que el grupo no puede ofrecer compromisos [a la comunidad internacional] sobre una hipotética moderación de sus posturas con respecto a 1996 para equilibrar su cohesión interna con la legitimidad internacional o, incluso, simplemente la habilidad de gobernar", apunta Jorge Elías Castro Fernández.

Y lo que el nuevo gobierno, lleno de mulás y pobre en inclusión, incluso para los estándares de los talibanes (aunque los puestos para mujeres estaban descartados, se habló de una mayor variedad étnica más representativa de Afganistán), apunta es a que los talibanes "no pueden equilibrar esos objetivos sin arriesgarse a fracturas internas. Y como resultado, han y priorizarán en el futuro la cohesión interna; se mantienen en la narrativa ideológica [más radical] para evitar alienar a sus milicianos y que formen nuevos grupos", añade.

Mientras que los más veteranos de los talibanes, que han pasado por Qatar y el Golfo, han moderado al menos de cara al público sus posturas -siempre dentro de la interpretación más radical de la sharía-, la generación de los combatientes es más joven y fuertemente radicalizada y antioccidental. "En tiempos de guerra están unidos, el problema para ellos llegará cuando les toque gobernar, la gestión es más complicada que la guerra para ellos. Hay diferencias internas importantes y los más jóvenes, por ejemplo, son partidarios de contar con yihadistas extranjeros en sus filas y de colaborar con otros movimientos islamistas regionales. El abrumador éxito en el campo de batalla refuerza a los jóvenes en ese pulso interno", detallaba el escritor y analista afgano Ahmed Rashid. Y el miedo a dejarlos ir es real, especialmente ahora que los talibanes se han hecho con el poder total en Afganistán y la gran guerra contra EEUU ya se ha acabado. "Si [los más radicales] se separan del grupo, serán seguramente absorbidos por grupos extremistas que ya existen en Afganistán, como el Estado Islámico, por lo que están muy interesados en mantener a sus líneas felices", añade el experto, quien apunta a un grave problema de desmovilización de esos combatientes al que tendrán que enfrentarse los talibanes, especialmente en medio de la gran crisis económica que sufre el país y que está impidiendo que se paguen salarios.

"Siempre han sido un grupo muy descentralizado, pero ahora que son un gobierno, la pregunta de si son realmente capaces de controlar a sus combatientes se vuelve mucho más crítica. Y viendo todos los abusos [contra la población civil] que estamos viendo, creo que hay serios problemas de disciplina entre sus filas", añade.

Si se intenta contentar a los más radicales para evitar que abandonen las filas por las del ISIS-K, Baradar ha sido el gran damnificado, después de dirigir con éxito las negociaciones con EEUU en Doha y la evacuación occidental de Kabul, llegándose a reunir cara a cara con el director de la CIA, pero quedando relegado a una segunda fila del gobierno y, según los rumores, incluso habiendo podido resultar herido en sus enfrentamientos con otros miembros del gabinete. Y ahí entra en juego la mano del ISI pakistaní.

En lugar de Baradar como primer ministro, la sorprendente decisión final de los talibanes fue la de nombrar al mulá Mohamed Hasán Akhund como líder del gobierno. Además de gobernador de Kandahar, feudo de los talibanes, fue también primer ministro durante su primer gobierno 1996-2001, y durante la insurgencia fue jefe del consejo de liderazgo talibán en Pakistán. Los lazos del poder de Baradar, en cambio, son con Qatar, donde fue jefe de la oficina política de los talibanes en Doha. Baradar tiene también cuentas pendientes con Pakistán: de 2010 a 2018, Baradar permaneció detenido, y presuntamente torturado, en una cárcel de Pakistán. Este pasado podría colocar al hipotético futuro primer ministro del Afganistán de los talibanes menos a favor de los intereses pakistaníes.

Apenas dos días antes de que se anunciara el gobierno, en la recta final de las largas negociaciones internas, el director de la Agencia de Inteligencia de Pakistán (ISI), el militar Faiz Hameed, visitó Kabul y se reunió con varios miembros clave de la cúpula talibán. "Viendo esto, hay una correlación, no necesariamente causa-efecto, pero correlación entre esa visita y que Baradar quedara relegado. Muchos lo ven como una victoria para Pakistán", explica Rahimi.

Los talibanes han sobrevivido a la casi desaparición tras la invasión estadounidense en 2001, a 20 años de insurgencia y han logrado hacerse con el poder de todo el país en una reconquista relámpago. Sin embargo, ahora viene algo para lo que quizá no estén preparados: gobernar un país en medio de una crisis económica, la tensión de sus corrientes internas y la presión de los aliados internacionales como Pakistán.

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