EL PUBLIQUE

EL PUBLIQUE

Gonzalo Guillén: Daniel Ortega


Por Gonzalo Guillén | Opinión

La Nueva Prensa

No atrae ni fascina. En todos los tiempos de su vida ha dado la apariencia de permanecer con la misma edad. Carece de porte y modales propios para la política pero goza de las habilidades solapadas con las que los mafiosos más hábiles gobiernan en voz baja y mano de hierro las organizaciones criminales

Mi oficio de periodista me ha llevado dos veces a estar con Daniel Ortega Saavedra, el tirano nicaragüense de 75 años que acaba de ganar la presidencia por cuarta vez consecutiva, con sus siete contrincantes presos y sus contradictores desterrados. La primera ocasión en que lo vi fue en la zona de despeje del Caguán, donde el Presidente Andrés Pastrana desmilitarizó once mil kilómetros cuadrados dentro de los que se recogieron los ejércitos de las FARC en el transcurso de un proceso de paz que tuvo una probabilidad de éxito y una magnitud sin antecedentes, a pesar de lo cual se malogró en la puerta del horno. El entonces ex presidente nicaragüense y para ese momento –enero de 1999– congresista, apareció en el cambuche de Pedro Antonio Marín, “Tirofijo”, para imponerle la Orden Augusto César Sandino, el patriota nicaragüense que entre 1927 y 1933 comandó un ejército popular de resistencia contra tropas de ocupación de Estados Unidos.

Ortega –furtivo y oscuro– declaró que entonces encontró al dirigente guerrillero colombiano “bien de salud, optimista, seguro y muy pendiente de todo lo concerniente al proceso de paz colombiano”. Su hedor alcohólico y sus ojos inflamados permitían sospechar que estuvo bebiendo con “Tirofijo” y su estado mayor en la clandestinidad, encuentro que no pudimos presenciar los periodistas (solamente circuló una foto) y sobre el cual luego declaró que “los revolucionarios necesitamos intercambiar experiencias para enriquecer nuestras opiniones y posiciones”.

Cinco meses después, también visitó de súbito a “Tirofijo” y su cohorte, en la amazónica vereda La Machaca del Caguán, el presidente de la Bolsa de Nueva York, Richard Grasso, quien estuvo acompañado por sus subalternos los vicepresidentes de Relaciones Internacionales, Yves Morvan, y de Seguridad y Protección, James Esposito. En este encuentro, en el que nubes de zancudos bravíos acudieron a beber de la sangre dulce de los forasteros, no hubo condecoraciones sino pláticas sobre futuros posibles negocios que tradujo personalmente el ministro de Hacienda, Juan Camilo Restrepo.

La segunda vez que vi a Ortega fue a finales de 2001, durante las elecciones que perdió frente al candidato del Partido Liberal Constitucionalista, Enrique Bolaños Geyer, quien gobernó entre 2002 y 2007. Estuve en Nicaragua por espacio de una semana como enviado especial de El Nuevo Herald, de Miami. Ese país seguía siendo una clásica república bananera –como lo es ahora– en la que el embajador de los Estados Unidos y el energúmeno cardenal católico Miguel Obando y Bravo convocaban a ruedas de prensa para hablar de las elecciones como si ambos fueran dos candidatos más. El segundo, además, pronunciaba estrepitosos sermones llenos de chispas y fuegos contra Ortega, a quien aborrecía.

El ambiente de la calle, las homilías envenenadas de Obando y Bravo y las encuestas, así como las sospechas secretas del Secretario General de le OEA, César Gaviria Trujillo, que andaba de veedor electoral en Managua, ofrecían la certeza de que el liberal Bolaños ganaría para reemplazar a su copartidario Arnoldo Alemán Lacayo, corrupto histórico.

La atmósfera y el ambiente político no favorecían a Ortega, él lo sabía y en las noches aparecía, tarde, en las tertulias de hotel que hacíamos los corresponsales extranjeros. Exhalaba con cada palabra los vapores alcohólicos salidos de su enorme intestino, curtido con ron antillano como un barril de roble. Intentaba convencernos del daño causado a su país desde cuando por una laxitud suya permitió que fuera candidata su contradictora la señora Violeta Chamorro y ella le ganó. No utilizaba términos agresivos contra el triunfante liberal Bolaños y menos todavía contra el cardenal, a quien le pedía oírlo en el secreto de la confesión y le recibía la comunión en la catedral.

No atrae ni fascina. En todos los tiempos de su vida ha dado la apariencia de permanecer con la misma edad. Carece de porte y modales propios para la política pero goza de las habilidades solapadas con las que los mafiosos más hábiles gobiernan en voz baja y mano de hierro las organizaciones criminales. Hizo un año de derecho en su juventud, se dedicó a asaltar bancos, estuvo preso por ello y se enroló en las filas del Frente Sandinista de Liberación Nacional -FSLN-, guerrilla castrista apoyada sobre el prestigio patriótico de Sandino. Combatió contra las fuerzas del dictador Anastasio Somoza hasta derrotarlo el 17 de julio de 1979, “día de la alegría”, cuando huyó del país y asumió el poder la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional de Nicaragua, de la que Ortega fue coordinador.

En 2006 encontró la manera de ganar la presidencia, la asumió en enero de 2007 y desde entonces viene triunfando de quinquenio en quinquenio, cada vez con mayor facilidad, merced a que implantó la censura de prensa y ha cooptado la justicia entera, las fuerzas militares y de policía, el poder electoral, los órganos de control y estranguló las precarias autonomías de las que gozaban los municipios. Este domingo, 7 de noviembre, ganó por cuarta vez sucesiva en el transcurso de unas elecciones en las que, sin contendores reales, era imposible que perdiera. Sus triunfos electorales son meras cuestiones de trámite que terminan con un brindis.


Lea completo aquí

Publicar un comentario

0 Comentarios