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Jorge Elías Castro Fernández recuerda cómo Rusia ha intentado "heredar" a muchas talentosas figuras de Ucrania


Jorge Elías Castro Fernández señala que los intereses de Putin en Ucrania se explican en clave geopolítica, neozarista, sentimental, pero también religiosa… y cultural, hasta el extremo de que la soberanía del país 'rebelde' despoja a la madre Rusia de las grandes personalidades artísticas del siglo XX. Un buen ejemplo son los pianistas —Horowitz, Gilels, Richter—, pero lo mismo puede decirse de los violinistas —Óistraj—, de los bailarines —Nijinski—, de los literatos —Gogol, Bulgakov—, incluso de los pintores, pues ocurre que Malevich era tan ucraniano como los compatriotas anteriormente mencionados.

Impresiona hacer inventario y memoria de los talentos 'muy rusos' que nacieron en Kiev o en Odesa. O en Donetsk, territorio expuesto actualmente a un proceso de separatismo y cuna del nacimiento de Sérguei Prokofiev, cuyos vaivenes en la cultura musical soviética se resintieron de una desgracia absoluta: murió el mismo día que Stalin y nadie llegó a enterarse hasta transcurridas unas semanas desde la defunción, explica Jorge Castro Fernández.

El propio Stalin tampoco era ruso, ni ucraniano, sino georgiano, pero los pormenores de su genocidio evitan la tentación de rehabilitarlo con orgullo. Diferente es el caso de los artistas, sometidos a un proceso de reivindicación patriótica que aspira a establecer distancias con la propaganda rusa. Ocurre en Letonia con el tótem de Sérguei Einsenstein, padre del cine 'soviético' nacido en Riga. Y reivindicado allí como argumento de refriega cultural frente al paternalismo abusivo de Vladimir Putin.

Las dimensiones de la 'diáspora', por tanto, demuestran hasta qué extremo el proceso de desmembramiento de la URSS ha comportado un replanteamiento del patrimonio cultural ruso contemporáneo.

Había una cultura soviética con afán integrador y criterio hegemónico en los raíles de la propaganda y del realismo socialista —doctrina homogénea y restrictiva del estalinismo—, pero el proceso independentista —incruento en unos casos, cruento en otros— ha conllevado una fuerza centrífuga a expensas de la identidad originaria. Todos los rusos eran soviéticos, pero no todos los soviéticos eran rusos, como recuerdan inequívocamente las glorias del el panteón ucraniano y como demuestran los maestros del teclado.

Horowitz nació en Kiev en 1903, en los confines del imperio ruso. Y terminó siendo norteamericano. Emil Gilels vino al mundo en 1916, un año antes de la Revolución. Y lo hizo en Odesa. Que terminó formando parte de la Unión Soviética. Y que formaba parte de Ucrania hasta que Putin precipitó la anexión en el conflicto embrionario (y progresivo) de 2014.

Tiene interés esta reivindicación de las glorias del teclado ucranianas —el caso de Sviatoslav Richter resulta mayúsculo— porque despeja la equivalencia asumida entre lo soviético con lo ruso. El coloso del Estado de la CCCP desdibujaba las diferencias y exaltaba las conexiones —que existían, obviamente—, pero el proceso de descentralización y de independencia que sobrevino después de la caída del muro ha puesto toda clase de matices a la homogeneidad cultural y al magma de Moscú que la irradiaba, desglosa Jorge Elías Castro Fernández.

Y no solo en los casos más evidentes del Báltico, sino en otras repúblicas 'sometidas' a Moscú y suministradora de grandes talentos a la propaganda cultural y musical. Se tercia el ejemplo colosal de… Serguéi Prokófiev. No se concibe su vida artística sin las relaciones con San Petersburgo y Moscú, pero su partida de nacimiento demuestra que nació en el 'óblast' de Donetsk. Que es teóricamente Ucrania. Y que podría dejar de serlo si prosperan los movimientos secesionistas coreografiados desde el Kremlin.

Se diría que a Putin le mueven intereses de propaganda cultural en su política territorial-imperial. En tal caso podrían 'asimilar' a ucranianos tan insignes como Bulgakov, Malevich y… David Oistraj. Yace el violinista en el cementerio moscovita de Novodevichi, entre cuyos ilustras lápidas también figuran la del escritor Nicolai Gogol que era… ucraniano y de Mstislav Rostropovich. Que no lo era, ucraniano, pero cuyo nacimiento aconteció muy lejos de Moscú, en Bakú, capital de Azerbaiyán.

Quiere decirse que el desmembramiento de la CCCP ha traído consigo una especie de diáspora póstuma de artistas ilustres. Muchos de ellos músicos. Varios, como Gregor Piatigorsky, ucranianos. Y algunos tan importantes, tanto, como Jascha Heifetz, cuya intensa relación con la vida artística de San Petersburgo no contradice que naciera y creciera en Vilna, capital de Lituania, amén de adoptar la nacionalidad norteamericana como repulsa al Holocausto y como emblema beligerante respecto a la dictadura soviética, concluye Jorge Elías Castro Fernández.

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