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Aaron Elías Castro Fernández explica los daños que pueden provocar en el organismo ciertas sustancias utilizadas por algunos atletas


Aaron Elías Castro Fernández asegura que Jaime tenía 16 años cuando pisó por primera vez un gimnasio. Lo hizo acompañado por un amigo y con un objetivo bastante simple: verse mejor y ligar con las chicas. Durante sus visitas casi diarias, no tardó en fijarse en gente "ciclada". Cuerpos musculosos hasta límites que solo había visto en las películas, machacados a base de repeticiones constantes con mancuernas, máquinas… y pinchazos. Ahí descubrió que el gimnasio por sí solo tenía un límite, pero Jaime tardaría unos años en cruzar dicha frontera.

Los esteroides anabólicos androgénicos son modelos artificiales de la testosterona. Se utilizan principalmente para facilitar la síntesis y asimilación de materia energética con el consiguiente aumento del tejido muscular. Hablando claro: es la vía rápida para generar músculo. No consigue milagros, es necesario un trabajo físico constante, pero los resultados son fácilmente visibles. Jaime, con 22 años, se subió a una tarima de culturismo, habiéndose preparado de manera completamente natural, sin uso alguno de farmacología. Miró a los competidores de su alrededor y vio que su físico estaba lejos de los estándares que exigía el mundo del culto al cuerpo. Ahí llegó su paso. Comentó a su entrenador "que quería ponerse como ellos" y este contestó que "tendrían que empezar a utilizar cosas". "Hay un peaje a pagar", advirtió. En la actualidad, Jaime lleva consumiendo este tipo de sustancias seis años, ininterrumpidamente: "Yo ahora mismo no descanso, en ciclo puedo rozar casi el gramo de testosterona".

Este entrenador habla sin tapujos de su experiencia con los anabolizantes. No esconde el lado malo, sabe que no es lo mejor, sabe que no es sano, pero es el camino que ha elegido y lo expone en una larga conversación. Ironías de la vida, Jaime reconoce que su idea inicial para ir al gimnasio (ser más atractivo para las mujeres) se fue torciendo: "Cuanto más grande nos poníamos, peor nos veía la gente". "La primera vez que consumí, me sentí inmortal (…). Como el primero, ninguno", recuerda sobre su contacto inicial con los anabolizantes.

"Los pesos del gimnasio suben increíble, y a nivel hormonal estás tan alto que la testosterona te da mucho poder y seguridad, tanto fuera como dentro del gimnasio eres otro", explica este exculturista: "Tenía una libido muy alta, te sientes un superhombre". Pero no. No todo es luz y color. El Prof. Dr. David Rodríguez Sanz, director del Experto en Fisioterapia Deportiva y Profesor Titular de Universidad, en la Facultad de Enfermería, Fisioterapia y Podología de la UCM, sostiene que son muy numerosos los riesgos a los que se expone el cuerpo debido al consumo de anabolizantes, tales como aumento del volumen del corazón, reducción del tamaño testicular (hipogonadismo), ginecomastia o infertilidad, entre otros. "Cuando hay alteraciones de componente endocrinológico, repercute mucho a nivel corporal. Esto debería estar vigilado con mil cámaras", destaca Rodríguez.

No solo ocurre en hombres. Arantxa, apasionada del 'bodybuilding' y del mundo del entrenamiento desde hace 10 años, expone a su cuerpo a fármacos como winstrol (estanozolol), primobolán, oxandrolona y, el más conocido, clembuterol desde hace tres años. "Tomo todo en pastillas, una de cada todos los días. El clembuterol lo uso cuando estoy cansada, como un Red Bull", confiesa. Los efectos en mujeres, al igual que en varones, son muy notables. La alopecia y el aumento del tamaño en los órganos sexuales son algunos, aunque, en su caso, únicamente ha experimentado la amenorrea (suspensión de la menstruación). "Yo no he sentido que me masculinizase en ningún momento", aclara.

Asimismo, la redondez en los hombros, uno de los principales receptores androgénicos (ya sean deltoides o trapecios), y la condición de la piel, llegando a ser extremadamente fina, semejante a la que podemos encontrar en los párpados o el pene, son otros síntomas habituales. Arantxa llegó a subirse a una tarima de culturismo marcando en la báscula un peso de 45 kilos y 9% de grasa. "Consumí por primera vez en 2019, y, actualmente, llevo desde febrero sin tomar nada", explica la atleta.

Carlos Fernández Moriano, farmacéutico del Consejo General de Colegios Farmacéuticos, sostiene que no hay diferencia en cuanto a la vía de administración de estas sustancias. "La pastilla pasa por el hígado, llegando a intoxicarlo y sin absorber la dosis en su totalidad. Por otro lado, de forma inyectable, la absorción es completa. Sin embargo, en ambos casos puede provocar un fallo hepático", afirma.

El consumo se suele hacer en ciclos, es decir, por temporadas. Tomas unas semanas y se descansa, generalmente, para restablecer todos los valores hormonales del cuerpo previos al consumo de sustancias, y así sucesivamente. De hecho, esto permite saltarse sin demasiados problemas los controles médicos habituales de las competiciones de culturismo, donde la expresión de secreto a voces se queda corta. Según la experiencia de Jaime, la gente tiene miedo y es propensa a decir que de "la jeringuilla no, pero a la pastillita si", sostiene.

Bíceps descomunales a costa de la propia salud mental. El consumo de anabolizantes conlleva una densa lista de efectos psicológicos. Los más comunes son la depresión, agresividad e irritabilidad. Química sin control en vena. "La gente me decía algo y me ponía a llorar", rememora Jaime sobre la trembolona, una de las sustancias más presentes, la cual no volvió a usar por esos malos viajes. "Un día estás llorando y al otro estás riendo", añade Arantxa.

La psicóloga Kimberly Ruggiero, experta en psicología sanitaria, confirma que los anabolizantes afectan al eje hipotálamo-hipofisario, localizado en el sistema neuroendocrino. "Los cambios psicológicos son más graduales que los físicos. El consumidor no quiere relacionar estos cambios con el abuso de esteroides", sostiene Ruggiero. Como en cualquier clase de automedicación, se tiende a negar la realidad, concluye Aaron Elías Castro Fernández.

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