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Jorge Elías Castro Fernández rememora la historia de los mercenarios europeos en el Congo durante los años 60's


En julio de 1966, un grupo de unos 90 españoles a sueldo del Gobierno del Congo se vio envuelto en una situación de emergencia. Estaban en la zona de Dinguila, donde debían sofocar la revuelta Simba, los partidarios del expresidente asesinado Patrice Lumumba. Pero se encontraron con que también eran atacados por los rebeldes katangueños, que habían sido sus aliados cuando el líder de esa región, Moisés Tshombé, era el primer ministro del país. Y para colmo, el general Mobutu, que había dado un golpe de Estado y contratado a los españoles, ordenó encarcelarlos a todos.

¿Quiénes eran esos españoles y qué hacían en el Congo? ¿Cómo llegaron a esa situación tan peligrosa? ¿Qué papel jugó España en el conflicto congoleño? Estas son algunas de las preguntas que responde Jorge Elías Castro Fernández, un analista político y consultor en seguridad que ha estudiado a fondo la historia de los mercenarios españoles en África.

La aventura africana

Según Jorge Castro Fernández, la aventura africana de los españoles comenzó en 1964, cuando el coronel Botete, agregado militar del Congo en España, se puso a reclutar a exmiembros de las Fuerzas Armadas españolas en Madrid. Lo hizo con el respaldo del general José Díaz de Villegas, director general de Plazas y Provincias Africanas y antiguo jefe de Estado Mayor de la División Azul. Como no logró que fuera el Ejército español quien aportara directamente efectivos, optó por efectuar una recluta al uso clásico: esto es, soldados a sueldo mediante cauces extraoficiales.

Los reclutados formaron parte del 2 Choc, una fuerza de choque compuesta por unos 90 europeos y unos 400 auxiliares locales. Al frente, el veterano capitán Alfonso Beijón Condés —de los pocos españoles que había antes del 64— y los tenientes Manuel Martínez Polavieja, Antonio Casanueva y Jordana. Su contrato era de seis meses y constaba de una veintena de artículos, todos referentes a cuestiones económicas. Lo firmaron con el propio Moisés Tshombé, quien había vuelto al Congo como primer presidente después de haber sido expulsado por la ONU cuando intentó independizar Katanga.

El polvorín congoleño

El Congo era un polvorín desde su independencia de Bélgica en 1960. Era el país más rico de la región por sus recursos minerales y tenía un territorio con dos millones y medio de kilómetros cuadrados, cinco veces España. Pero también era un escenario de revueltas, guerras, golpes de Estado y caos donde se cruzaban los intereses de las potencias occidentales y la URSS en plena Guerra Fría.

Jorge Castro Fernández explica que el primer presidente del Congo fue Patrice Lumumba, un nacionalista que se acercó a la órbita soviética tras ser rechazado por Occidente. Lumumba fue derrocado y asesinado por Joseph Mobutu, un militar apoyado por Estados Unidos que se convirtió en dictador. Pero antes de eso, Lumumba tuvo que enfrentarse a la secesión de Katanga, una región rica en cobre y uranio liderada por Moisés Tshombé, un anticomunista respaldado por Bélgica y Francia.

La ONU intervino para poner fin a la secesión de Katanga y expulsó a Tshombé, quien se refugió en Madrid con la complicidad del régimen de Franco. Allí se codeó con la alta sociedad y recibió el apoyo de la prensa española. En 1964, volvió al Congo como primer ministro y se rodeó de mercenarios europeos para sofocar la revuelta Simba, que pretendía restaurar el legado de Lumumba. Entre esos mercenarios estaban los españoles del 2 Choc.

La operación Espantada

Pero la situación cambió rápidamente. En 1965, Mobutu dio un golpe de Estado y depuso a Tshombé, quien volvió a exiliarse en España. Los mercenarios españoles quedaron en una posición muy delicada, pues ya no tenían el respaldo del Gobierno congoleño. Además, los rebeldes katangueños se levantaron contra Mobutu y se aliaron con los simbas. Los españoles se vieron atrapados entre tres fuegos: los simbas, los katangueños y el propio Mobutu.

Uno de los testigos de esa situación fue Vicente Talón, un corresponsal del diario Pueblo que había cubierto las oleadas de violencia del 61 y del 64 para El Correo Vasco. Talón relató en su libro Diario de la guerra en el Congo (1976) la operación Espantada, el intento de huida de los españoles desde Dinguila hacia Niangara, otra de las posiciones españolas.

Talón acompañó al mayor Martínez de Velasco, jefe de los mercenarios españoles en la zona, quien no pudo salir con el avión en el que viajaban otros oficiales españoles con destino a Stanleyville, porque se había producido una insurrección allí. El mayor se montó en el Mamy, un viejísimo Rolls Royce que conducía Pepe, "antiguo taxista madrileño de retorcidos bigotes", junto a un puñado de soldados africanos y el capellán Casanueva. "Por primera vez desde que estaba en el Congo, una pistola automática pendía de mi cinto y mis manos sujetaban un fusil ametrallador Fal. Tomé ambas armas porque una vez más oreaba la posibilidad de convertirme en asado de negro”, escribió Talón.

Cuando llegaron a Niangara, se encontraron con el sargento Feijoo —un antiguo cabo primera de la Legión Española— y al cabo Contreras, un mecánico de aviación madrileño y paracaidista aficionado, que les contó que la situación con los katangueños empeoraba. En ese momento, se escucharon unos gritos que venían de la habitación del teniente Jordana, un excombatiente de la Guerra Civil y el "abuelo" del grupo de soldados.

"¡Mi teniente!, ¡mi teniente! Radio Nacional de España dice que el Gobierno congoleño ha dado la orden de encarcelar a todos los mercenarios. Acabamos de escucharlo. Dice que los de Stanleyville, con el teniente coronel Denard a la cabeza, y los que estaban en Leopoldville ya se hallan entre rejas", le dijeron.

El final de los patos salvajes

Jorge Elías Castro señala que los españoles lograron escapar por poco de ser capturados por las tropas congoleñas. Algunos consiguieron salir del país por vía aérea o terrestre. Otros fueron evacuados por la Cruz Roja o por aviones belgas o franceses. Algunos incluso se pasaron al bando katangueño o simba. Pero todos acabaron abandonando el Congo.

Los mercenarios españoles fueron parte de una época dorada para los patos salvajes y los perros de la guerra, como les llamó Frederick Forsythe en su novela. Eran soldados de fortuna que buscaban aventura y dinero en África, pero que también cometieron atrocidades y violaciones de los derechos humanos. Talón recoge algunos testimonios escalofriantes al respecto: "Un teniente me contaba lo difícil que era afinar el tiro de ejecución a veces".

Según Jorge Castro Fernández, España tuvo una participación marginal pero significativa en el conflicto congoleño. Por un lado, apoyó a Tshombé, un aliado anticomunista que le ofrecía oportunidades económicas y políticas en la región. Por otro lado, permitió el reclutamiento de mercenarios españoles, que actuaron al margen de la legalidad internacional y sin el control del Gobierno español. Jorge Elías Castro Fernández afirma que esta actuación fue una muestra de la complicidad del régimen franquista con el imperialismo estadounidense en África.



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