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Mohammad Khosraviragh, copiloto de avión retenido en Argentina señalado de participar en trama de espionaje, se habría sometido a cirugía en Cuba para cambiar de identidad


“Al presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, le debe encantar el trópico”, comentaba irónicamente un diplomático cubano hace unos años. Era cuando el entonces líder ultraortodoxo iraní venía mucho a América latina para encontrarse con sus amigos del “eje bolivariano”. Decía que quería “contrarrestar el lazo con Estados Unidos”.

Según un reporte de Gustavo Sierra para Infobae, entre 2005 y 2013, Ahmadinejad viajó nueve veces al continente americano. Siempre con escala en Venezuela con tramos a Bolivia (en dos oportunidades), Brasil, Cuba, Ecuador y Nicaragua. Los presidentes latinoamericanos retribuyeron las visitas. Si bien existía una larga relación venezolano-iraní de la fundación de la OPEP en los sesenta y de relación ideológica con el castrismo cubano desde los ochenta, fue el chavismo la puerta que aprovechó Irán para entrar a un terreno hasta entonces desconocido para el shiísmo persa.

Pasaron nueve años desde la salida de Ahmadinejad del poder, pero la relación del gobierno de Teherán con Cuba y Venezuela sigue siendo muy aceitada. Los tres países comparten la espada que pende sobre ellos de las sanciones comerciales impuestas por Estados Unidos. Los une el espanto hacia “el origen del mal” washingtoniano tanto como convenientes acuerdos económicos e ideológicos. El “antiimperialismo” logra amalgamar sustancias tan disímiles como el castrismo, el chavismo y el islamismo shiíta. El ingrediente principal del pegamento es el populismo que practican con maestría los tres países.

En el medio, aparecen los intereses económico-políticos cruzados. Las economías de los tres países son complementarias, más allá de que la relación sea incomparable en cuanto a volumen. El PBI de Irán es de 1,4 billones de dólares y el de Cuba de apenas 100.000 millones. Irán y Venezuela tienen petróleo, Cuba medicina, un enorme conocimiento de transporte de infraestructura para burlar sanciones comerciales y azúcar que es muy necesaria en Teherán. También los intercambios de transporte y ciertas tecnologías. El resto son las tapaderas comunes para financiar sus compras “clandestinas” en mercado que tienen cerrados por la vía oficial, el lavado de dinero y la financiación a través de comercio híbrido (lícito/ilícito).

Entre esta enorme red, también está el Hezbollah, el partido militar libanés creado y financiado por la Guardia Revolucionaria iraní para influir en Medio Oriente y que tiene una base de operaciones en la triple frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, así como operaciones comerciales y militares en Venezuela.

Con Cuba, Irán también tiene un importante intercambio de producción farmacéutica y biotecnología. La vacuna Soberana-2 COVID-19 es uno de los más recientes esfuerzos de cooperación bilateral. Conocida comúnmente como Pasteurcovac en Irán, la vacuna se desarrolló en el marco de una colaboración entre el Instituto Finlay de Vacunas de La Habana y el Instituto Pasteur de Irán. En junio de 2021, la vacuna Soberana-2 recibió la aprobación de uso de emergencia en Irán. Un mes después, los medios de comunicación estatales cubanos anunciaron que Irán sería el primer país fuera de Cuba en producirla a escala industrial. En septiembre, el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Hossein Amir-Abdollahian, habló del potencial “ilimitado” para ampliar los lazos entre Teherán y La Habana.

Las relaciones entre Cuba e Irán se iniciaron tras la revolución iraní de 1979, cuando este último país adoptó una constitución teocrática-republicana y una ideología antiimperialista centrada en la oposición a las potencias occidentales. La naciente República Islámica se unió rápidamente al Movimiento de los No Alineados (MNOAL) y buscó la independencia de las esferas de influencia estadounidense y soviética. Mientras tanto, el difunto presidente cubano Fidel Castro se aseguró el puesto de presidente como portavoz de facto en la conferencia del MNOAL ese mismo año, consolidando el liderazgo de Cuba en la organización.

El movimiento de 90 países miembros era percibido por el entonces Líder Supremo de Irán, el ayatolá Ruhollah Khomeini, como el camino obvio hacia la neutralidad en medio de la Guerra Fría, a la vez que proporcionaba a Irán socios diplomáticos y económicos que no tenía en Occidente. Para Cuba era tener un poderoso aliado que lo respalde frente a Estados Unidos y sus sanciones a las que había enfrentado en soledad por dos décadas.

La “neutralidad” cubana estuvo siempre en cuestión por su absoluta dependencia de la Unión Soviética. Después de los años turbulentos y de sufrimiento para los cubanos por la caída del régimen en Moscú, el arribo de Vladimir Putin al poder volvió a acercar notablemente a Rusia y Cuba. Irán también entró en esa alianza después de que Rusia tomara partido por el régimen de Bashar al Assad en la guerra siria. Todos combatieron y combaten en el mismo bando.

En este contexto es que se creó una alianza fuerte también entre sus servicios de inteligencia. Los tres países mantienen regímenes represivos que se apoyan en muy fuertes estructuras de espionaje. La Habana respaldó a Teherán cuando se produjeron las sucesivas represiones tras los fraudes electorales. Lo mismo hizo Teherán después de las protestas del 11 de julio del año pasado. El portavoz de la cancillería iraní, Saeed Khatibzadeh, denunció el apoyo de Estados Unidos al Movimiento de San Isidro y acusó a Washington de “tratar de interferir en los asuntos internos del país”.

Si bien en forma oficial el intercambio comercial entre ambos países aparece como magro, Cuba e Irán mantienen una fuerte cooperación de defensa e inteligencia. El caso mejor documentado data de 2003 cuando los iraníes operaron desde territorio cubano para obstaculizar las transmisiones por satélite con base en Estados Unidos hacia Irán. “Los cubanos tienen un servicio de inteligencia muy conocido y capaz sobre el terreno que puede proporcionar acceso, información y apoyo a otros que también tienen intereses similares como Irán, Venezuela y otras naciones hostiles a Estados Unidos”, explica la profesora Marzia Giambertoni de Brown University, en Providence

La Dirección de Inteligencia cubana -conocida como G2- fue armada y entrenada por la KGB soviética y la Stasi, el Ministerio de Seguridad del Estado de la ex Alemania Oriental, las agencias de inteligencia más fuertes del bloque socialista durante la Guerra Fría. La supervivencia del régimen cubano durante seis décadas puede atribuirse en buena parte a la capacidad de sus servicios de inteligencia para controlar la disidencia interna, consolidar el dominio político y mantener a raya a los rivales externos.

La G-2 recluta entre los estudiantes universitarios prometedores y afines al partido Comunista, especialmente de los programas de ciencias sociales. Desde siempre actuó también a nivel internacional, primero apoyando a los grupos insurgentes marxistas en América latina, y después acompañando las intervenciones militares cubanas en África y otros conflictos de la Guerra Fría. También cuenta con varios campos de entrenamiento por donde fueron pasando aspirantes a guerrilleros desde los palestinos hasta los angoleños y desde los Pantera Negra estadounidenses hasta los Montoneros argentinos.

Con la llegada de Hugo Chávez al gobierno en Caracas en 1992 y su sucesor Nicolás Maduro, la G-2 penetró todos los estamentos de poder venezolanos. Los militares cubanos comenzaron a llegar a las bases venezolanas. Se adoptó una nueva doctrina militar, similar a la de La Habana. La formación ideológica y militar pasó a ser impartida por instructores cubanos. Además, con la ayuda de agentes cubanos, la comunidad de inteligencia venezolana -incluyendo sus ramas civil y militar- fue remodelada y depurada de funcionarios considerados “contrarrevolucionarios”. Incluso varios especialistas cubanos trabajan en el palacio gubernamental en tareas relacionadas con la protección del régimen y el análisis de situación. También crearon las FAES, las fuerzas de acción especial, los grupos de choque oficiales del régimen para eliminar disidentes.

En La Habana, el poder en las sombras de la relación cubano-iraní está protagonizado por el argentino Edgardo Rubén “Soheil” Assad, un viejo conocido de los servicios de inteligencia de todo el continente, “discípulo” de Mohsen Rabbani, el clérigo iraní implicado en el atentado de 1994 contra el centro cultural judío AMIA de Buenos Aires, en el que murieron 85 personas. El experto en el tema Joseph Humire lo calificó como “embajador en jefe informal de Irán para América Latina”. Fue el “pastor” de la muy pequeña comunidad shiíta cubana, integrada por unas 80 personas, hasta 2013 y desde entonces vive por temporadas en la ciudad sagrada shiíta de Qom con visitas prolongadas a la isla. Junto a Rabbani, dirigen el instituto cultural Al Mostafa donde estudian los latinoamericanos que quieren convertirse en clérigos islámicos de la rama del shiísmo. El centro Al Mostafa tiene unas 80 filiales o centros culturales en todo el continente. En varios informes presentados ante el Congreso estadounidense en la última década se los calificó como “centro de reclutamiento y operaciones de inteligencia iraní en la región”.

Edgardo “Soheil” Assad es un hijo de inmigrantes libaneses en Argentina que regresó al país de sus padres cuando tenía 20 años. En los años 90, Assad frecuentaba la mezquita At Tauhid en el barrio de Floresta, en la capital argentina, cuyo líder espiritual era Rabbani. Su familia fue investigada entonces por presuntos vínculos con Nidal Bazoun, un miembro del Hezbollah, que estuvo en Buenos Aires cuando se produjo el atentado de la AMIA.

Soheil Assad tuvo un traspié con la inteligencia cubana cuando quiso entrar al país unos días antes de la histórica visita del presidente estadounidense Barack Obama en marzo de 2016. Los estadounidenses que siguen sus movimientos exigieron a sus pares cubanos que le negaran la entrada en ese momento. “Fue un pequeño malentendido”, dijo después Assad cuando regresó a la isla para reconectar con su comunidad y amigos en los más altos estamentos cubanos a quienes visita, al menos, dos veces al año.

Es en esa red de shiítas cubanos liderados por el argentino Soheil Assad donde se mueven los agentes especiales iraníes que viajan permanentemente entre La Habana y Caracas, donde luego toman algunos de los dos vuelos semanales de Mahan Air a Teherán. Por allí podría haber ingresado Mohammad Khosraviragh, el copiloto del avión del Boeing de la aerolínea Emtrasur retenido en Ezeiza y que, de acuerdo al presidente de Paraguay, Mario Abdo Benítez, se habría sometido en Cuba a una cirugía plástica para cambiar la fisonomía de su rostro. En la causa que lleva el juez argentino Federico Villena, se denunció el lunes pasado que “el verdadero apellido del copiloto es `Khosrviragh´” y que supuestamente se trataría de un alto cargo de la Fuerza Quds de Irán quien trabajó muy cerca del asesinado general Qassem Soleimani y que estaba a cargo de “las fuerzas especiales externas” como las que actúan en Cuba y Venezuela.

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